GUSSANITA

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Publicado: Jue Feb 24, 2005 18:59 Asunto: Palabras de un rebelde |
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LA SITUACIÓN
Decididamente marchamos a pasos de gigante hacia la revolución, hacia una conmoción que, iniciándose en un país, se propagará, como en 1848, a todos los países vecinos, agitando la sociedad actual hasta sus entrañas y renovando y fortaleciendo las fuentes de la vida.
Para confirmar nuestra creencia, ni siquiera tenemos necesidad de invocar el testimonio de un célebre historiador alemán1 o de un filósofo italiano muy conocido,2 que, después de haber estudiado detenidamente la historia moderna, predicen una gran revolución para finales de siglo.3 Nos basta con observar el cuadro que hemos tenido ocasión de presenciar durante los últimos veinte años y juzgar por lo que actualmente nos rodea. Dos hechos predominantes se desprenden del fondo oscuro de la tela: el despertar de los pueblos, sumado a la bancarrota moral, intelectual y económica de las clases directoras, y el esfuerzo impotente de estas mismas clases para impedir el despertar.
Sí, el despertar de los pueblos.
En la fábrica infecta como en el sombrío y sucio bodegón, en el campo como en las tristes galerías de la mina, se elabora y fomenta actualmente un nuevo mundo. En las sombrías multitudes que la burguesía desprecia tanto como teme, de cuyo seno ha salido siempre el hálito que inspira a los grandes reformadores, los más arduos problemas de economía social y organización política toman cuerpo uno tras de otro y se discuten y solucionan con arreglo a los novísimos dictados del sentimiento y la justicia. Se corta por lo sano en las plagas de la actual sociedad, y a las nuevas aspiraciones se unen concepciones elevadas.
Las opiniones infinitas se cruzan y se rozan entre sí, pero las dos primeras ideas surgen claras y precisas del sordo zumbido de las voces que discuten: de un lado, la abolición de la propiedad individual, la supresión del Estado; de otro, el comunismo, la autonomía de los municipios, la unión internacional de los pueblos que trabajan. Son dos vías distintas que convergen hacia un mismo punto: la igualdad. No la hipócrita forma de igualdad, inscrita por la burguesía en sus banderas y establecimientos públicos, que sólo sirve para esclavizar mejor a los que trabajan, sino la igualdad real: la tierra, el capital y el trabajo para todos los hombres.
Las clases reinantes pueden combatir estas aspiraciones, reducir a prisión los hombres que las sustentan, impedir la circulación de sus escritos. La idea penetra en todos los cerebros, domina todos los corazones como en otro tiempo los dominó el sueño de la tierra rica y libre de Oriente, para cuya defensa corrían a afiliarse en las cruzadas. Podrán, al parecer, contener los rápidos progresos de la idea; pero si impiden su desarrollo en la superficie, minará el suelo para reaparecer luego más vigorosa que antes. Fijaos, si no, en los progresos del socialismo en Francia, dos veces resucitado en el corto espacio de quince años. La ola, dominada en su primer empuje, se levanta inmediatamente más imponente y avasalladora, y en cuanto se haya hecho con relativo éxito la primera tentativa de poner en práctica la idea, ésta surgirá con toda su sencillez y atractivos para ponerse ante los ojos de todo el mundo. Si la primera tentativa no fracasa, los obreros, adquiriendo conciencia de su propia fuerza, darán a los pueblos un impulso heroico.
Este momento no está ya lejano. Todo lo aproxima: la miseria, que obliga a los desgraciados a reflexionar, y la huelga forzosa que arranca a los hombres del estrecho recinto del taller para lanzarlos a la calle, en donde aprenden a conocer los vicios, el fausto y la impotencia de las clases directoras.
¿Y qué hacen mientras tanto las castas primitivas?
Mientras las ciencias naturales adquieren una amplitud que nos recuerda al siglo pasado al aproximarse la gran revolución; mientras enérgicos y audaces inventores abren cada día nuevos horizontes a la lucha del hombre contra las fuerzas hostiles de la naturaleza, la ciencia social de la burguesía permanece muda, o se entretiene remachando los clavos de la vieja teoría.
Pero ¿progresan acaso en la vida práctica las clases acomodadas? Lejos de esto, se obstinan en agitar los restos de su bandera, difundiendo el individualismo egoísta, la competencia entre los hombres y las naciones, la omnipotencia del Estado centralizador. Pasan del proteccionismo al libre cambio y de éste, al proteccionismo; de la reacción, al liberalismo y de aquí, a la reacción; del ateísmo, a la momería y de la momería, al ateísmo; pero siempre con miedo, con los ojos vueltos hacia el pasado, incapaces de realizar nada que sea duradero.
Todo lo que han hecho ha sido desmentir lo que habían prometido.
Nos prometieron desde la oposición la libertad del trabajo, y nos han hecho esclavos del taller, del capataz y del amo. Se encargaron de organizar la industria y garantizar nuestro bienestar, y nos han dado las crisis interminables y la miseria; nos prometieron la instrucción, y nos han reducido a la imposibilidad de instruirnos; nos dijeron que la libertad política sería un hecho bajo su reinado y nos han arrastrado de reacción en reacción; nos prometieron la paz y nos han llevado a guerrear sin fin.
Han faltado a cuanto nos prometieron.
Pero el pueblo, harto ya de desengaños, se pregunta el porqué de su situación, luego de haberse dejado gobernar durante largo tiempo por la burguesía, y halla la respuesta en la situación económica actual de Europa.
La crisis, en otro tiempo calamidad pasajera, se ha convertido en crónica.
El número de obreros sin trabajo en toda Europa se eleva actualmente a varios millones, y a muchas decenas de mil el número de los que ruedan de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo implorando la caridad pública, o amotinándose con actitud amenazadora para pedir pan o trabajo.
Lo mismo que los campesinos de 1787 rodaban a millares por los caminos, sin hallar en el rico suelo de Francia, acaparado por la aristocracia, ni una pequeña parcela de terreno para cultivarlo, ni un viejo azadón para remover la tierra, lo mismo hoy los obreros sin trabajo, sin hallar materias primas ni instrumentos necesarios para producir, acaparados por una porción de holgazanes, se ven obligados a pasearse con los brazos cruzados.
Grandes industrias que mueren, populosas ciudades como Sheffield, que quedan desiertas. Miseria en Inglaterra, sobre todo en Inglaterra, por ser el país donde los economistas han aplicado mejor sus principios; miseria en Alsacia; hambre en España y en Italia; carencia de trabajo en todas partes y con ella, la miseria más espantosa; los niños lívidos, las mujeres envejecidas, las enfermedades segando vidas obreras a grandes golpes; he ahí adonde hemos llegado con el actual régimen.
¡Y aún nos hablan de excedentes de producción!
Es verdad; pero es más cierto que el minero que arranca montes de hulla no tiene ni un pequeño pedazo para calentarse en lo más rudo del invierno; que el tejedor que teje kilómetros de tela no puede comprar una camisa a sus niños desnudos; que el albañil que construye suntuosos palacios no tiene ni una mísera choza para albergarse, y que las obreras que visten con seda las muñecas para juguetes no pueden ponerse un pobre refajo de algodón.
¿Es a esto a lo que llaman organización de la industria? Obrarían con más propiedad si dijeran que es una alianza para dominar a los trabajadores mediante el hambre.
El capital, ese producto del trabajo de la especie humana acumulado por unos cuantos potentados, desaparece, nos dicen, con la agricultura y la industria por falta de seguridad y protección.
¿Dónde va, pues, a refugiarse cuando sale de las cajas de caudales? Hay para él colocaciones más ventajosas.
Irá a alimentar los harenes del sultán, a sostener las guerras de unas naciones contra otras. O bien servirá para fundar una sociedad de accionistas, no para producir nada útil, sino simplemente para hacer a los dos o tres años una quiebra escandalosa que permita a sus fundadores retirarse llevándose consigo los millones que representan «el beneficio de la idea». O tal vez ese capital se emplee en construir inútiles ferrocarriles al Gothard, al Japón o al Sahara, si es preciso, para que los Roths-child, fundadores, ingenieros jefes y contratistas ganen todos los millones que quieran.
Pero, sobre todo, el capital se dirigirá al agiotaje, al juego de la alta Bolsa. El capitalista especula sobre el alza ficticia en el precio del trigo o el algodón, sobre la política, husmeando el alza que se producirá a continuación de un rumor de reforma, de una nota diplomática; y con frecuencia son los mismos agentes del Gobierno los que se lanzan a dichas especulaciones.
Y a este agiotaje que mata la industria lo llaman ellos «gerencia inteligente de los negocios».
En resumen: el caos económico ha llegado al colmo.
Este caos no puede durar mucho tiempo.
El pueblo no puede sufrir más crisis provocadas por la rapacidad de las clases reinantes; quiere vivir trabajando y no pasar años y más años de miseria acompañados de una caridad humillante.
El obrero se da cuenta de la incapacidad de las clases gobernantes; incapacidad de comprender las aspiraciones, incapacidad para reorganizar la industria e incapacidad de reorganizar equitativamente la producción y el cambio.
El pueblo pronunciará pronto su fallo inapelable sobre la bancarrota de la burguesía y se encargará él mismo de la gerencia de sus negocios al primer momento oportuno que se presente.
Este momento no puede ya tardar a causa de los males que roen la industria, y su llegada será acelerada por la descomposición de los Estados.
Artículo extraído del libro Palabras de un Rebelde, de Piotr Kropotkin. _________________ besitosalados de gus |
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